La Maleta Roja, el "tupper" más picante
Un grupo de amigas se reúne para estudiar 40 artilugios (vibradores, lubricantes, consoladores, ropa erótica...) de una empresa de artículos eróticos.
"Hemos descubierto un mundo nuevo. Ya te contaré", exclamaba Mar y se reía picarona. Lo dijo tras conocer a Johnny, un consolador realista de 18 centímetros; a Félix, un rosario anal; a Paul y a Paulina, un vibrador doble (vaginal y clitoridiano), y a un sinfín de juguetes íntimos, masajeadores ardientes y cosméticos eróticos.
Durante casi dos horas Mar, junto con siete amigas --la mayoría compañeras de trabajo--, siguieron las explicaciones de Dina Hoernecke y Bea Volnhals --creadoras de La Maleta Roja-- con la boca abierta y sentadas en el sofá de Olga, la anfitriona de la velada. "La verdad es que nunca pensé que aprendería tanto. Aquí puedo preguntar sin miedo. No es como ir a un sex shop", decía contenta otra de las asistentes a la reunión. Todas mujeres, todas con novio o marido.
Todo empezó cuando Olga vio un reportaje sobre La Maleta Roja en la tele. Lo buscó en internet y vio que el mensaje era claro. Se trataba de organizar una reunión de amigas con el objetivo de que Dina y Bea, las creadoras de una empresa de ventas a domicilio de productos eróticos, presentaran una serie de artilugios íntimos (Johnny y compañía) en un ambiente distendido.
Olga pondría la casa, bocadillos y refrescos y, como si de una antigua reunión de Tupperware se tratara, comprarían los productos que les convencieran. Claro que en vez de fiambreras, los artilugios serían aceites de canela, cremas de frambuesa, consoladores, vibradores, lubricantes, esposas, sales.
La reunión se celebró el viernes en casa de Olga y de la gran maleta roja que cargaban Dina y Bea salieron hasta 40 productos eróticos. La sesión de tuppersex se alargó hasta casi dos horas. "El placer también es femenino. Nosotras queremos cosas diferentes a las que quieren ellos. Un ejemplo: si tu esposo compra un vibrador, traerá el más grande. Nosotras buscamos calidad", decía Dina. El auditorio asentía cómplice.
Olga se mostraba entusiasmada: "Esto es es muy diferente a tener que ir a un sex shop. Ahí es para hombres y no te atreves a preguntar nada. Es muy sórdido".
De la timidez inicial se pasó a la curiosidad generalizada. A los primeros cigarrillos de nerviosismo le siguieron unas excursiones a la mesa para coger patatas fritas. En media hora, nadie se acordaba ni de fumar ni de los bocadillos. Toda la atención estaba puesta en las dos mujeres de la maleta roja.
"Creamos este proyecto hace tres años y ya tenemos varias franquicias en España. Lo montamos porque pensamos que no había un buen servicio de productos eróticos para mujeres. En este mundo, lo más difícil es seleccionar el material; muchas veces no está pensado para satisfacer a las mujeres", explicaba Dina.
De la maleta roja salían cajitas de diseño que guardaban vibradores divertidos, patitos de goma de toda la vida que se activaban y vibraban. Fresitas, frasquitos. Cada vez que Dina se agachaba y cogía algo sorprendía al público. "Todos los juguetes tienen una cuidada estética y una excelente calidad", se explica en la página web.
Una pasada de piel de seda por el antebrazo de las ocho asistentes. Instrucciones de Bea: aplicárselo en la piel y luego dejar que lo chupen. Unos aceites de canela, unos polvos de chocolate. Perfumes de feromonas para atraer al otro. Luego llegaron los juguetes íntimos. "¿Eso para qué es?", preguntaba alguien espontáneamente. Dina respondía: "Es un consolador doble en forma de sirenita, tiene la cola y la cabecita". Al final, hicieron corrillo y escogieron los productos. "Es toda una adquisición. Yo lo compro", decía Olga. Todas rondaban los 30. "Tenemos clientas de 70 años y no imaginas lo que saben", decía Dina. El viernes la maleta se quedó casi vacía.
Fuente: elperiodicodearagon.com
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